Me vi durmiéndote en días tuyos,
tan tuyos que ni siquiera eran míos.
La noche iba despertando triste
tras las campanadas de las sábanas.
-Siempre en alto el retorno del invierno
en frío y lluvia seca-
Cuando incluso tu nariz se enredaba en mis piernas,
en un campo cerrado, desentendido de ti y de mi.
Ya no importa lo que suele ser.
Se tienden en la cama la arrogancia y la estupidez
de mis manos, de mi espalda.
Frías y secas de las tuyas,
empolvadas del metal que vulnera tus recodos.
sábado, 16 de abril de 2011
viernes, 11 de febrero de 2011
Tu beso huele a muerto
Tu beso huele a muerto
y me gusta esa mezcla de hedor e infierno,
única como la sombra que se apaga en el camino,
como la opacidad de las manillas del reloj.
Los ojos se me astillan.
Destilando nubarrones en celo
se enredan las migajas que ignoraron
por tanto tiempo,
la razón que me obligó a ignorarte como amante,
como souvenir .
Tan furtivo fue tu camino
que el mío se cruzó con la embriaguez de la medianoche
cobijando una imagen desteñida y plasmada en mis pies.
Los callos de mis manos tienen hoy un nombre,
porque tu beso huele a muerto y me gusta,
porque descanso en tu lengua
y te pierdes en mí, hasta no encontrarte.
lunes, 3 de enero de 2011
Fuimos la mitad

Somos uno,
a pesar de que fuimos la mitad de lo inexistente,
de lo bruto, de lo inmoral.
El suministro de exigencias viajan para quedarse
y van obturando las imágenes de labios y brazos
que se endurecen.
Como una puta que no elige su destino,
nos contorneamos entre risotadas cínicas.
Pero seguimos siendo uno,
incluso cuando fuimos la mitad.
viernes, 3 de diciembre de 2010
Rodillas cabizbajas

Mis dedos, como rieles al viento
acorralados en las luces de otoño,
palidecen ante la ignorancia de los olvidos.
Aquellos olvidos que renacieron en la ausencia,
desde el tiempo en que se esclavizó la almohada
y el temor a rozar sus bordes.
Mis rodillas cabizbajas viven en pecado.
Ya no besan el suelo,
sólo observan desde lejos
los augurios del regreso inevitable
que se le restó a la historia.
Sé que todo lo que fue
seguirá siendo “lo” que fue.
Que el verbo no se hizo carne,
que la cicatriz de mi ombligo dejó de hablarme
y que son mis pies,
los que le sonríen hoy a tus zapatos.
martes, 16 de noviembre de 2010
Y tú...¿hiciste algo?

Hoy me senté a estudiar para mi examen de título, así como lo he hecho en varias oportunidades este último tiempo. Sin embargo, dentro de todas las cosas que he leído, hay una en particular que me llevó a escribir este texto. El maltrato infantil. Sin duda se trata de un tema hablado, conocido y en el cual se han realizado intervenciones a nivel país y a nivel mundial. Pero aún así me pregunto: ¿Por qué sigue ocurriendo?
Los teléfonos de denuncia son varios. Los lugares para acudir en caso de violencia, existen. Pero el gran problema pasa por decidir quién denuncia, quién da la alarma de alerta. En nuestro país la situación es clara, y debo decir que lamentablemente clara. Las familias chilenas se preocupan por mantener su privacidad, en hacer hincapié en el dicho “la ropa sucia se lava en casa” y que “no hay que meter la cuchara en asuntos ajenos”. ¿Qué ocurre cuando escuchamos o vemos que en la casa de nuestros vecinos se oyen gritos o golpes extraños? Callamos.
La crianza a la antigua, la rigidez de la educación... ¿pasará por una cuestión cultural? Imagino que así es. El palmetazo por desobediente, los gritos de los padres cuando los niños se portan mal. Pero… ¿qué ocurre cuando esos palmetazos dejan una secuela física grave? o cuando los gritos no son sólo gritos, sino susurros que van acabando poco a poco con el autoestima de un ser tan indefenso que ni siquiera es capaz de vestirse de adulto para implorar por un poco de cordura o de piedad.
Hay personas, hoy adultas, que vivieron o plasmaron su niñez en ambientes hostiles, personas que afortunadamente tuvieron la suerte de salir vivos del maltrato físico, psicológico y sexual. Pero que contienen cicatrices que van más allá de una marca en la piel. Son recuerdos que difícilmente se olvidan o se perdonan.
Hace algunos años, en mi condición de infante pude ver, sentir y escuchar a adultos que cuchicheaban acerca del maltrato hacia un niño. Tiempos en los que nadie hizo absolutamente nada. ¿Por qué? Todos sabían, todos lo conocían a él, a su familia y a las condiciones en las que vivían. En este caso, era uno de los padres el maltratador, pero el otro callaba, aceptaba y permitía. En conclusión, eran dos los maltratadores. Por otro lado estaban los que sabían, que “a ojo”, podría contabilizar unos 5 o 6 más (adultos). Sumando y restando, son casi 10 los maltratadores directos e indirectos. Nada más que por omisión.
¿Acaso nadie recordaba que cuando ellos eran niños, su ciclo vital, emocional y psicológico no estaba preparado para enfrentar una situación adversa de ese tipo y mucho menos, para gritarle al mundo que los ayudaran? ¿Alguien se ha sentado a pensar, alguna vez, lo que significa estar en el lugar de esos niños? ¿Alguno de esos 5 o 6 adultos?...
Hoy, soy parte del área de la salud. Un miembro más de tantos que tiene como función identificar, denunciar y rehabilitar a niños que han sido abusados o maltratados. Pero lamentablemente, muchas veces no basta con verlos una vez. Es necesario que alguien más tome el valor de salir a la calle, de dirigirse a un establecimiento de denuncias y de contar lo que sabe, lo que conoce.
Quizás hoy fue un moretón en el ojo y un insulto que lo situó por debajo de la escala de lo inhumano, mañana puede ser un brazo fracturado y un día entero sin haber recibido comida. Pero la próxima semana puede no haber un niño vivo a quien ayudar, a quien salvar.
Las cosas no dejan de existir cuando hacemos de cuenta que no ocurren, tampoco dejan de estar ahí cuando desviamos la mirada hacia un escenario más lindo y pintoresco. Las heridas no desaparecen si no las curamos y los niños, no se pueden cuidar solos. Hay que cuidarlos. Debemos cuidarlos, hacernos responsables por todo lo que ocurre a nuestro alrededor y no sólo del calor de hogar o de los problemas que existen al cruzar la puerta de nuestras casas. El mundo es más que eso y se va forjando con personas que tuvieron una infancia, la cual depende de nuestras acciones, aunque no sean nuestros hijos.
Por una única vez, intentemos imaginar a un niño con lágrimas en los ojos, tapándoselos para no ver la realidad que están viviendo, para esconderse de un infierno que no desaparecerá con un par de manitos frente al rostro… que grita, que pide ayuda, que implora por no ser golpeado, que pide perdón mil veces para intentar aminorar el dolor, para pensar que alguien, por más ajeno que sea para él, lo escuche y le salve la vida.
viernes, 12 de noviembre de 2010
Cuando no muera
Cuando me percaté
de que mi cara esbozaba una sonrisa de niña inocente,
decidí renegar contra mi fenotipo.
Preferí pensar en la muerte
y cambiar la sonrisa inocente
por una sonrisa inevitable.
Aquella que acompañará las carcajadas
que gritarán sobre tu hombro
cuando venga a tirarte las patas en la noche.
de que mi cara esbozaba una sonrisa de niña inocente,
decidí renegar contra mi fenotipo.
Preferí pensar en la muerte
y cambiar la sonrisa inocente
por una sonrisa inevitable.
Aquella que acompañará las carcajadas
que gritarán sobre tu hombro
cuando venga a tirarte las patas en la noche.
domingo, 24 de octubre de 2010
Mientras Dios se tatúa la piel
Hoy, mis muertos no se callan.
Tampoco callan las monedas fundidas en azules amalgamas.
Porque me gusta el azul,
porque la sarna que cubre el césped es parte de mis pies,
porque es mejor venderse que quedar en vitrina.
El solsticio del día de ayer
cubrió parcialmente la frase atípica de sus sentidos,
sucumbiendo ante los episodios más monótonos de austeridad.
Mientras Dios se tatúa la piel,
cien oraciones perforan pieles vírgenes.
Apartando el silencio de los gemidos,
macerando el himen de las tonalidades grises.
Contra el muro, brilla el estandarte de la indiferencia.
Temo que mañana lloraré,
cuando el suicida masturbe su fe y sus creencias.
Sí, mañana lloraré.
Cuando suene la campana que acompaña mi siesta,
al mirar sobre mi hombro descubierto
y ver que no hay nada detrás.
Tampoco callan las monedas fundidas en azules amalgamas.
Porque me gusta el azul,
porque la sarna que cubre el césped es parte de mis pies,
porque es mejor venderse que quedar en vitrina.
El solsticio del día de ayer
cubrió parcialmente la frase atípica de sus sentidos,
sucumbiendo ante los episodios más monótonos de austeridad.
Mientras Dios se tatúa la piel,
cien oraciones perforan pieles vírgenes.
Apartando el silencio de los gemidos,
macerando el himen de las tonalidades grises.
Contra el muro, brilla el estandarte de la indiferencia.
Temo que mañana lloraré,
cuando el suicida masturbe su fe y sus creencias.
Sí, mañana lloraré.
Cuando suene la campana que acompaña mi siesta,
al mirar sobre mi hombro descubierto
y ver que no hay nada detrás.
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